martes, 21 de junio de 2011

Y yo, ¿cuando?

Me cansé.
Estoy cansada hace tiempo ya, siento que vivo la vida echándome más y más pesos encima, asumiendo compromisos que quizá no debería o que ni siquiera sé si quiero asumir.

Me siento como una malabarista a la que le están apuntando con un arma. No puedo arriesgarme a dejar caer ninguno de mis compromisos al suelo.

Pero ya no quiero seguir viviendo así. Estoy cada vez más consciente de que esta forma de vivir es un mecanismo que me ha permitido crecer y ser quien soy, protegiéndome durante mis momentos de vulnerabilidad. Pero se ha rigidizado mucho y aparece como un reflejo además, sin que medie mi voluntad la mayor parte del tiempo.

Siento que tengo que ser capaz de rendir, que tengo que estar disponible para aquellos que me necesiten...

La verdad es que en el fondo sólo quiero sentirme cobijada.

Todo el tiempo me muevo evitando enfrentar el miedo a la soledad, al vacío, a la indefensión. Es como si al llenarme de compromisos y actividades, de gente que "me necesita", pudiera tapar esta sensación de profundo desamparo. Como si al ser "incondicional" pudiese asegurarme la incondicionalidad de los demás, su apoyo, su lealtad, su preocupación, su presencia permanente, su aprobación y su amor.

Pero lo único que logro es desgastarme y mantenerme mucho más sola y desamparada, porque me preocupo tanto de mi entorno que me abandono una y otra vez.

Entonces, voy a partir por aceptar que mi pequeño "demonio", mi sombra aún no iluminada por la luz de la conciencia, es mi resistente miedo a no ser capaz de pararme sobre mis propios pies, el miedo a ser siempre una niña indefensa, paralizada ante los diferentes retos que nos impone la vida.

Sí, tengo miedo. Mucho miedo.

domingo, 22 de mayo de 2011

Reencuentro

Y así fue como en una actividad tan mundana y simple,
y a la vez tan alejada de mi vida cotidiana, me encontré con Ella.

En el olor de la ropa recién planchada de los domingos por la noche,
en la entrega al quehacer que lo convierte en lo más importante de ese momento.
En demostrar el amor a través de gestos tan sencillos como una camisa planchada.

Hace pocos días atrás caí recién en cuenta, de cómo su repentina partida
me ha enseñado que también es posible el desapego.
No como indiferencia ni desamor, sino simplemente como un dejar de intentar
poseer a nuestros seres queridos, como un dejar de aferrarnos a su existencia física,
como si eso fuera lo más importante que nos dejan.

La percepción que yo experimenté de mi madre, las huellas que ella fue dejando en mí,
continúan reverberando en una influencia infinita y trascendente que permanecerá fuera del tiempo y del espacio, en el Todo.

Y su muerte ha sido la enseñanza más enriquecedora que me ha entregado...
Saliendo de la crisálida