Cuánto coraje se necesita para mirar nuestras propias sombras.
Incluso cuando son situaciones cotidianas, sin mayor profundidad.
Necesité coraje para reconocer, por absurdo que suene, que estaba enojada con mi hija, que tiene apenas 3 meses!
Pero fue sólo al reconocerlo, sumida en la vergüenza, que pude tomar conciencia de cuál era en realidad mi enojo, mi frustración. Nuevamente los mandatos que he internalizado durante mi vida, me juegan una mala pasada.
Simplemente me frustraba sentir que a diferencia de mi compañero, yo no "tenía" fin de semana, porque él es quien trabaja toda la semana, levantándose temprano y procurando además dejarme almuerzo preparado para el día siguiente.
¡Cómo osaba yo exigir aún más!
El problema fue que estas palabras ni siquiera llegaron a constituir un monólogo interno, no, fueron completamente acalladas por mi necesidad de cumplir el mandato de hija complaciente y señorita perfecta y fue mi maravillosa hija, mi maestra, quien me mostró con su llanto, reflejo de mi frustración, que yo no estaba disponible para ella, porque sentía que me merecía un descanso, pero en lugar de pedirlo, lo rumiaba con resentimiento.
Hizo falta coraje para atreverme a mirar aquel lugar oscuro de mi misma, hizo falta el apoyo y la tremenda capacidad de escucha de mi compañero que me instó a contarle y, por supuesto, hizo falta que mi hija en su indefectible autenticidad, me reflejara mi propia sombra.
Y era una situación tan mundana como levantarme a las 8 pero despertar a mi compañero a las 10, la que desplegó sin miramientos, lo más profundo de mi propia herida. Con tanta sencillez, la vida me permite tomar conciencia de que aún siento que no merezco ser amada, aún siento que sólo obtendré amor y cuidado, canjeándolo por otras acciones.
Uff, viviendo aún como si el amor fuera un objeto de compra!!!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario